En palabras Revista La Justa

Especial: ENLOQUECER

“Las puertas de madera, símbolo de mi encierro, de pronto se abren de par en par. Y yo, sin un atisbo de duda, salgo con valentía para enfrentarme a lo que quiera que me depare el caprichoso destino.”


Por: Carolina Olivares Rodríguez



ENLOQUECER

  Mentiría si dijera que no he sido feliz. He sido feliz, muy feliz; sin embargo, ahora mismo, ese maravilloso sentimiento me ha abandonado y me siento tremendamente solo.
El aroma campestre y los colores verdosos de antaño han desaparecido, y esa sensación de libertad y felicidad que me acompañó, todos los días de mi vida, parece haberme dicho adiós.
En el habitáculo en el que me hallo encerrado, el sofocante calor y el polvoriento suelo, han atrapado a mi cuerpo. Y la alegría que reinaba en mi corazón de repente se ha visto cubierta de grises sombras tristes.

  Mientras espero en este espacio sombrío, quisiera que el silencio le diera la mano a la soledad que me embarga. La tristeza y la desolación aguardan, allí, a mi lado, con el pretexto de darme un poco de compañía.
Pero el silencio se rompe; y aplausos y vítores, y silbidos, gritos y voces -tras introducirse por mis orejas- me taladran el cerebro. Y por un momento creo enloquecer.
Enloquecer, es la palabra idónea. Preludio del principio del fin de mi existencia.

  Las puertas de madera, símbolo de mi encierro, de pronto se abren de par en par. Y yo, sin un atisbo de duda, salgo con valentía para enfrentarme a lo que quiera que me depare el caprichoso destino.
Pero antes, mi atrevida curiosidad se ha preguntado a sí misma: ¿qué hago aquí?
Realmente estoy tan desconcertado. Este no es mi sitio; me siento tan fuera de lugar…

  Bordeando el círculo de arena una multitud de personas han clavado su mirada en mí ¿Acaso soy el protagonista de algo? Quiero pensar que no; pero, entonces ¿Por qué he captado la atención de todos ellos?
Perdonad, creo que estáis equivocados, hubiera querido gritarles. Yo no quiero ser el protagonista de nada, solo quiero ser el protagonista de mi propia vida. Nada más.
Ellos no me escuchaban, eran ajenos a lo que yo estaba sintiendo. Y yo, simplemente, me identifiqué con un personaje carente de valor; e imaginé estar interpretando el papel de un esclavo, el de un insignificante gladiador.

  Tras varios segundos de total desorientación divisé la figura de un caballo. Sobre su lomo iba montado un hombre que llevaba una gran lanza. Y otros hombres, vestidos de forma carnavalesca, fueron rodeándome.
Y sentí como cientos de gruesos aguijones atravesaban mi espinazo como si este se tratara de una colosal y dinámica diana. Porque con cada nueva cruel picada mi indefenso cuerpo se agitaba dolorido.

  La sangre fluía de mi cuerpo a borbotones, y el dolor no me dejaba pensar con claridad. Y mientras los minutos avanzaban en mi cabeza se formulaban preguntas: ¿Si yo jamás hice mal, por qué me están torturando? ¿Si yo nunca deseé desdichas, por qué me están martirizando?

  La música avivaba a las gentes que no dejaban de aplaudir y gritar. Y cuanto más alegres estaban ellos más infeliz me sentía yo.
Otro hombre aparecería en escena. Estaba solo. Llevaba una especie de manto de color rojo. Y fue acercándose con lentitud a mí.
Entonces comenzó a hacer cosas ilógicas, y yo también comencé a comportarme de un modo extraño. Él me acercaba aquel gigantesco trapo y yo lo atravesaba sin saber por qué ¿Es posible que a ese comportamiento se le llame instinto? Todo puede ser.
Durante un rato tuve la extraña sensación de estar bailando con aquel hombre.
En aquel momento solo sentí frío, soledad y vacío. Y dolor, sentía muchísimo dolor.
No era capaz de entender… Porque ¿Acaso hay algún ser vivo que haya nacido solo para morir? Imposible.

 

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La extenuación se apoderó de todo mi ser, y mis fuerzas flaquearon. Y una de mis rodillas se hincó en el polvo. Y no puede volver a levantarme. Fue entonces cuando sentí que había perdido mi dignidad.

Un intenso dolor me cogió de sorpresa en forma de punzada. La sentí en la base del cráneo.
En mitad de mi angustiosa agonía toda mi vida pasó rápidamente. Era como si la película de la historia de mi vida se sucediera, desde mi presente hacia el pasado.

  …Qué bonitos recuerdos, pastando en la dehesa. Qué adorable y tierno instante cuando mi mamá me amamantó por primera vez… Qué dicha la mía y la de mis congéneres… Qué agradable era sentir la brisa del atardecer… Entonces noté como alguien o algo le daba al off del interruptor de mi existencia. Y dejé de estar vivo, y mi futuro se murió junto a mí.

  No sé cuánto tiempo ha pasado, tampoco me importa.
Los campos y prados, ahora, son diferentes. Todo lo que me envuelve es azul y blanco; y etéreo. Y aquí, en este otro sitio, ya no siento dolor, solo felicidad.

 

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Carolina: Escritora. Polifacética. Dos veces portada de Interviú. (Gentileza)

 

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